Nunc Id Vides, Nunc Ne Vides

"La mentira puede dar la vuelta al mundo, antes de que la verdad se ponga las botas"

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Los Cien Millones de Muertos del Comunismo

Posted by jumax9 en 10 abril, 2014

Iósif se despertó sobresaltado en su cama. Había estado lloviendo el día anterior y el agua todavía resbalaba por los cristales de su habitación. Suspiró y se levantó bruscamente, mirando de reojo el despertador. Apenas pasaba de las doce. Volvió a suspirar.

Embutidos sus enormes pies en peludas alpargatas que recordaban vagamente la figura de un conejo¹ y con la bata fuertemente atada para ocultar su incipiente barriga, salió al pasillo, guardándose en el bolsillo de la bata el gorro rojo con el que solía dormir.

No podía ser, después de tanto tiempo.

El suelo se agitaba bajo sus pies. No había duda. Podrían al menos haber tenido la decencia de avisarle.

– ¿Estás seguro de esto, Vlad?

– Joe, killo, Carlos, ya lo hemos hablao. Es ahora o nunca. Está to preparado.

El viento susurraba a través de los naranjos del pequeño patio. En el suelo del mismo dos hombres, todavía en pijama, pintaban en el suelo una estrella de ocho puntas.

– Pues estoy seguro de que eran cinco.

– Tequiyá, cabesa. Que eran ocho, tú harme caso.

Iósif escuchó la conversación desde la cocina, uno de sus compañeros había hecho la comida típica de su país esa noche y tirar aquel pollo con almendras era un crimen de guerra, el ritual podía esperar.

Cuando hubo terminado de comer se atusó el bigote y se cuadró para salir al patio, estaba algo molesto porque hubieran empezado sin él, pero el estilo era importante.

– ¡Hombre! ¡El cara hierro! – Gritó Vladimir cuando vio aparecer la figura en la gran puerta que daba paso al salón principal. – Buenos días te dé dios.

– Menos humos.

Las alpargatas de suela desgastada bailoteaban una desagradable melodía sobre el barro del patio, hundiendo al conejo rosa a cada paso y tiñéndolo marrón.

– El número de puntas no es importantes – dijo Iósif, dirigiéndose a nadie en particular. – Es una forma de centrar nuestras fuerzas.

– Es una excusa, ¡te lo dije! – Exclamó Carlos dejando caer la tiza con la que estaba pintando e irguiéndose junto a sus dos amigos. – ¿Qué iba a tener que ver un trozo de tiza robado de un colegio con extraás magias arcanas cuyo alcance claramente desconocemos?

Con un gesto Iósif pidió silencio. Las vibraciones se hacían cada vez más fuertes.

– Sea como fuere, ha funcionado – sentenció.

Carlos sonrió de oreja a oreja.

– He de confesar que no lo esperaba. Cuando lo ideamos parecía tan absurdo. Tan siniestro.

– Killo, no cantes victoria todavía. – Vlad parecía más animado por momentos, el tipo de ánimo que haría perder a alguien normal seis puntos del carné de conducir y ganarlos en alguna extremidad. – Tenemos que terminarlo. Vamos al centro.

Se colocaron en el centro de lo que intentaba ser una estrella (pero que, igual de generosamente, podía ser considerado un pato de peluche), mirando hacia el cielo y uniendo las manos.

– Skvoz grozi siyalo nam solntsie svobodi – dijeron al unísono mientras la luna parecía concentrarse en deslumbrarlos sin piedad – Na trud i na podvigi nas vdohnovil!

El suelo comenzó a sacudirse con mucha más fuerza que antes. Carlos perdió el equilibrio y cayó al suelo, de bruces contra un pequeño matorral que habría jurado que antes no estaba. Iósif y Vlad se agarraron a dos ramas de árboles cercanos. Muy cercanos.

– ¿Ha funcionado?

– Sí… – el alemán seguía tumbado en el suelo, temblando, su tez tan blanca como la mano que, como un hongo en primavera, había aparecido frente a él.

Pronto, el dueño de la extremidad siguió a su avanzadilla de reconocimeinto y el pequeño arbusto se elevó un metro setenta y cuatro sobre el suelo entre gruñidos y rugidos. Se agachó a recoger la mano y se la colocó con un ágil movimiento. Una vez sacudida la tierra de encima desveló una armadura plateada, del mismo color que su piel y ahora dolorosamente oxidada.

El animado cadáver se inclinó y arrodilló, usando su propio brazo como espada, como un maravilloso anacronimso medieval.

– Mi nombre es León, para servir a usted y a la patria.

Carlos y Vlad miraron a Iósif con suspicacia.

– ¡Os juro que no recordaba haberle metido aquí! – Se dirigió con vehemencia al ente postrados ante él: – ¡Levanta! Tenemos un mundo que conquistar.

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La verdad es que esta es una idea que me venía rondado desde hacía tiempo. Siempre se oye hablar de los malvados comunistas y sus cien millones de fiambres, y todos sabemos qué hacen los villanos con los ejércitos de muertos, ¿no?

Aunque con la proliferación absurda del género zombie que se ha venido dando en los últimos años esto lo pueda parecer, nada más lejos de la realidad. La cosa iba más por el camino de La Momia (que vale, que aunque tenga voz y una bella armadura, el joven Trotsky un poco zombie sí que es… y posiblemente huela a gastado, pero no es un zombie al uso).

Por cierto, ¿recordáis aquel relato de nochevieja? Esto ocurre menos de un cuarto de hora más tarde²

PD: Que Lenin hablase como un cani de Los Pajaritos es algo que me hizo mucha gracia al escribirlo. Reconozco que visto en retrospectiva, lo mismo que fuesen las dos de la mañana ayudó, pero en honor al Juma del pasado (¡Nunca te olvidaré!) lo he dejado intacto.

¹ Aunque tres años antes podía haber sido cualquier otro animal

² Eso sí, no lo escribí pensando en ello, pero cuando lo terminé dije “hala, ya tengo secuela, qué listo que soy” y me di un besito a mí mismo.

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