Nunc Id Vides, Nunc Ne Vides

"La mentira puede dar la vuelta al mundo, antes de que la verdad se ponga las botas"

Se cruzan los caminos

Posted by jumax9 en 21 junio, 2014

Dobló otra esquina y siguió andando. Esperaba que en un día como aquel ocultarse en un pub fuese fácil, pero el caos había absorbido la ciudad mucho antes de lo previsto. En el fondo era una buena noticia, aunque ahora la obligase a seguir huyendo.

Otra esquina. La gente empezaba a inundar las calles y pronto sería imposible seguirle la pista.

Otra esquina más. Gran Vía. Se fundió con el gentío uniéndose como una más al unánime griterío. Aunque a salvo, estaba intranquila. No era la primera vez que mataba y era imposible que la encontrasen, pero era la primera vez que apretaba el gatillo contra alguien inocente.

No importaba. Se dijo. Lo hacía por un bien mayor.

Las luces ya funcionaban de nuevo en casi todo Madrid y con ello los ánimos comenzaban a calmarse. La policía había salido a la calle a pedir tranquilidad ahora que parecía posible conseguirla. Entró a un bar que parecía todavía ocupado y se sentó en la barra. En la televisión la policía había rodeado la Puerta del Sol e identificaba a todos los que intentaban salir, ordenadamente, del lugar. Por su parte la guardia civil había tomado cada una de las salidas de Madrid y se encargaba de identificar a los vehículos que intentaban escapar de la capital.

La gente estaba asustada, la ciudad había quedado a oscuras durante apenas cinco minutos y fuertes explosiones de origen desconocido habían hecho temblar el suelo. Eso había bastado para sacudir a los más de cuatro millones de almas que se encontraban allí en aquel momento.

La versión oficial, contaba el presentador, era que un fuerte terremoto había tenido lugar cerca de la capital, sin embargo reportes de otras zonas del país parecían desmentirlo.

Dejó de prestar atención a la pantalla cuando empezó a generar teorías, cada vez más absurdas, sobre el asesinato que había tenido lugar en pleno corazón de España. Había intentado ocultarlo lo mejor que sabía pero, incluso viendo esos planos torpemente recortados, era más que evidente que había sido obra de un francotirador. En menos de una hora cualquier detective, por poco competente que fuese, tendría suficiente información como para llegar al piso que ella había abandonado hacía menos de media hora.

Y en media hora más abandonaría a su suerte a la civilización tal y cómo la conocía. Dejó un billete de cinco euros sobre la barra y se marchó sin mediar palabra. La calle ahora era un completo caos de gritos y alcohol, la policía se veía desbordada y a nadie parecía importarle.

Perfecto.

Se dirigió hacia Atocha intentando no demostrar demasiada convicción, tenía todavía más de viente minutos hasta que saliese el primer AVE del servicio especial de Nochevieja.

En la estación, largas colas pugnaban por conseguir los últimos billetes para salir de una ciudad eminentemente tranquila. Miró su billete con satisfacción. Todo eso lo había generado una única bala y un par de explosivos bien colocados, no había hecho falta más para sumir a una ciudad entera en el más puro terror. Y, siendo artífice de todo ello, no tenía nada por lo que preocuparse. Todavía no.

Paseo por la estación con fingida intranquilidad hasta llegar a la sala de espera de los clientes VIP. Solo había otra persona más allí, un hombre que tecleaba arbitrariamente en su ordenador, ajeno a la que acababa de cruzar la puerta. Por supuesto, ella no se consideraría así misma como tal, no era una asesina, simplemente se limitaba a poner las cosas en su sitio para hacer de este un mundo mejor. Es cierto que, demasiado a menudo, el sitio correcto de cien gramos de plomo era el pecho de algún político, traficante o dictador. También era cierto que era la mejor en lo que a recolocación de metales se refería. Pero no era un asesinato. O al menos no un homicidio. Nunca mataría a quien considerase humano. No hasta esa noche.

Miró al infinito. El reloj de la sala anunciaba un retraso de algo más de los quince minutos debido a los cortes de luz. Curioso, se había asegurado de que las líneas de tren no se viesen afectadas. Suspiró.

Le era fácil racionalizar lo que había hecho esa noche. Sabía perfectamente que el haber despojado de su humanidad a sus anteriores trabajos no los hacía menos persona. Al final todo se resumía en lo mismo: un bien mayor. El resto eran solo palabras huecas que se repetía para sentirse mejor consigo misma. Y ahora tenía que centrarse en vigilar que, efectivamente, fuese un bien mayor, sin convertirse en el tipo de monstruo que detestaba. Pero, ¿tenía algún sentido? Acababa de pasar por un control de seguridad con suficiente armamento como para secuestrar un par de aviones, desde el patio de su casa. Y, si todo salía según lo previsto, después de esa noche solo quedarían cuatro personas por encima de ella con la capacidad de juzgar sus acciones. Cuatro personas que dependían inevitablemente de su habilidad.

¿Cómo se puede fallar si no hay nadie con la capacidad de juzgar un fallo como tal?

La megafonía empezó a sonar, llamando a los pasajeros a subir al tren y disculpándose por unas molestias que, evidentemente y como todos podrían comprobar, no habían sido culpa de ellos. A diferencia de la sala VIP, la entrada al tren estaba rodeada de gente agitando sus billetes.

Esperó pacientemente a que la cola disminuyese y se acercó. Dos guardias de seguridad la examinaron con la mirada, como hacían con el resto del tren. Esa noche todo el mundo era culpable.

A pesar de la cantidad de gente que intentaba entrar (y posiblemente a causa de ello), el vagón no había llegado a llenarse. A su alrededor un par de asientos dobles se encontraban todavía medio vacíos cuando el vehículo se puso en marcha.

– ¿Le importa que me siente aquí? – Preguntó un sacerdote, a juzgar por su alzacuellos.

– No, sin problemas. – contestó Lairen. Había algunos sitios libres, pero huir junto a un miembro de la Iglesia no parecía mala idea.

– Gracias – respondió risueño. – Nada de esto hubiera pasado si todo el mundo fuese tan amable como usted. Me llamo Ramón.

– Lairen – Dijo estrechándole la mano y evitando una sonrisa que había estado a punto de formarse en sus labios. El sacerdote continuó mientras el tren ganaba velocidad camino de Ciudad Real.

– Cuando vine a Madrid a pasar la Navidad no esperaba encontrar este tipo de ambiente pecaminoso. ¡Drogas y alcohol! Creo que usted es la primera persona serena con la que puedo mantener una conversación esta noche.

– No estoy libre de pecado – confesó Lairen, con cierta sorna que el sacerdote no supo captar.

– Por supuesto, por supuesto – la disculpó – nadie lo está. Pero al menos no retoza en el pecado como otros jóvenes.

La joven miró por la ventana, preguntándose si echarse a reír a carcajadas sería una buena idea. Mientras, la megafonía recordaba a los pasajeros que paraban en Ciudad Real.

– Yo me apeo aquí. Un placer, señorita. – el cura hizo una reverencia y se apresuró a bajar del tren. Al mismo tiempo un niño y una niña, de unos doce o trece años, subían al vagón.

– ¿Estás segura de que estamos haciendo bien? – Preguntó él, vestido con lo que parecía un pijama. – A mí todo esto me parece muy raro.

– Por supuesto que sí – respondió la niña. Iba vestida con una gabardina y llevaba un móvil en la palma de una mano y una lupa en la otra. – Tengo Evidencias.

De alguna manera la forma de hablar de la pequeña llamó la atención de Lairen que los observó mientras se sentaban en uno de los asientos dobles con mesa junto a una pareja que también los analizaban con interés y que entabló conversación con ellos en el momento en que se acomodaron.

El tren volvía a ponerse en marcha y Lairen aprovechó la comodidad de la soledad para dormir durante el camino que le quedaba por delante. El día siguiente podía ser el lunes de la semana más larga.

—————————–

Si escribo mientras estoy muerto de sueño genero contenido. No es que sea algo recomendable en cuanto a calidad de escritura, claro, pero escribir las cosas en plan “pautas del primer borrador” no me parece que sea mala idea para nada.

Por supuesto, esto sigue la serie de historias de aquí, aquí y aquí. Y me planteo seriamente ponerle de título “Historias a las dos ante meridiem” por el patrón que me traigo al escribirlas…

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4 comentarios to “Se cruzan los caminos”

  1. Deses said

    ¡Lairen! Don’t you think I’ve forgotten that name!
    A todo esto, ¿no había también la historia de un detective o algo así relacionado con esto? Aunque ahora no la encuentro.

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